external image flores_2.jpgexternal image moz-screenshot-2.png
Los receptores lumínicos de muchos invertebrados no funcionan como ojos en sentido estricto: sus células fotorreceptoras no permiten la visión, sino que informan al animal de dónde hay luz y de la intensidad de ésta. Las medusas, por ejemplo, contienen agrupaciones de células, llamadas manchas oculares, que son sensibles a la luz.
Con la evolución, se han desarrollado en los invertebrados distintos tipos de receptores de luz e imágenes; es decir, los órganos que podríamos denominar ojos. Aquellos que tienen lentes capaces de concentrar la luz sobre las células receptoras sí permiten la visión. Ciertos gusanos y equinodermos tienen un esbozo de cristalino; los moluscos presentan órganos visuales que recuerdan a los ojos de los vertebrados. Todos estos animales son capaces, por tanto, de ver su entorno, de captar imágenes.
Los artrópodos presentan los órganos de la vista más evolucionados; tienen dos tipos de ojos: los ocelos (ojos simples) y los ojos compuestos. Los ocelos son órganos característicos de los arácnidos, aunque también existen en otros muchos grupos. Los ojos compuestos, en cambio, aparecen solo en los crustáceos y los insectos. Los ojos simples actúan como una unidad. Los compuestos forman una imagen en mosaico que permite al animal visualizar pequeños movimientos de posibles presas o enemigos.
Se ha comprobado que los insectos ven en color, aunque con unas diferencias notables respecto a la visión de los vertebrados, incluido el ser humano. No aprecian el color rojo, pero sí son sensibles al ultravioleta. Son, por tanto, capaces de apreciar detalles que escapan al ojo humano.